07 agosto 2009

Sobre "El margen del cuerpo", por Gladys González


Sobre “El margen del cuerpo” de Florencia Smiths
Editorial Fuga, 2008, 50 pp.

Por Gladys González

Florencia Smiths (San Antonio, 1976, Licenciada en Educación y Pedagogía en Castellano, Universidad de Playa Ancha) en su primera entrega poética “El margen del cuerpo” nos evoca a un diario vida, a una infancia seccionada, a un imaginario femenino y sutil que nos invita a recorrer a través de la mano de una niña de nueve años -y como contrapartida simbólica, de una mujer que atrinchera su corazón como resistencia a la memoria de la niñez- que pasea como personaje y se yergue como cicatriz sobreviviente de las experiencias de su propio relato.
Es un libro en una constante búsqueda e introspección, de lectura y prosa difícil, a veces críptica que, sin embargo, atrapa al lector ávido -no al que busca una interpretación rápida, tal como Smiths señala en uno de sus versos: ensaya un poema/ con el dedo del silencio/ nadie te verá- es necesario imbuirse en el imaginario de la poeta, descubrir la belleza inquietante de sus textos y de cada una de sus pequeñas muertes remendadas en la página.
Es un ejercicio de autobiografía y de tensión, caída y alza, un lugar en el que todos hemos estado y del que sólo algunos sobreviven: Hay alguien que arma/ los papeles que yo rompo/ las venas que yo corto/ las cosas que no digo/ alguien escribe escondido/ los poemas que no hago/ llora lo que no puedo/ grita. Una muestra de templanza, misterio, dulzura, valentía y gracia sigilosa que se agradece y disfruta por la entrega y entereza arrojada que Florencia Smiths hace en cada poema, en cada letra que forma la caligrafía de sus poemas.
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De “El margen del cuerpo”

Porque si tan sólo le enseñasen a hablar de nuevo. A mirar. A tocar. A decir. Si tan sólo le enseñasen a amar de nuevo para no culparse, para no competir con su naturaleza múltiple. Si le enseñasen a abrazar, a decir siempre lo que encausa, lo que evita, lo que busca. A empinar los brazos cuando haga el amor y la noche le reviente toda encima para hacerla dueña, para que le enseñen a pertenecer sin posesión. Si le enseñasen a tomar el peso de sus manías, de sus desalojos, de sus gráficas tachadas por los que no saben, por los que no la ocupan. Si le mostrasen de nuevo la infancia desde fuera y no a los nueve, el escándalo que personificó cuando supo el deceso, cuando miró y nadie estaba allí para decirle que eso era la muerte y que detrás estaba la más absoluta soledad y el desengaño. Probó ahuyentar al miedo. Probó preferir a la muerte. Probó desperdigarse por un cuerpo mayor combinando lo hondo del foso más oscuro y la pureza más brutal de pequeñas vírgenes. Sin embargo nadie le enseñó a vivir así. Tuvo que educarse para combatir esa dual desidia, esa doble batalla de elegirse opuesta y correr el riesgo de suspender –acaso siempre- la otra mitad. Entonces se dijo, si tan sólo le enseñasen a reflejar esas construcciones alteradas de la manera en que a los niños les enseñan a distinguir entre lo propio y lo ajeno, entre el día y la noche, entre el deseo y la afección, y en su caso, esas descripciones que se derrumbaban frente a sus ojos, fuesen una alternativa contra la pereza, antídoto contra ese régimen introspectivo, desagravio para que la audacia que hay en sus ojos jamás sea confundida con soberbia; para cantar de verdad la noche, el cuerpo vivo, la somnolencia de la soledad tras la cara. Si le enseñasen a gritar ella podría valerse de las dudas y saciar esa nefasta ingenuidad que la aterra. Pero todo llega hasta cuando escribe, entonces siente que encuentra y que estampa y que la negación sólo reside en el momento en que su poema se le escapa para que de nuevo ella tenga que cavar, abrir, nadar, adentrarse. Por eso pide que tan sólo le enseñen a reconocer, a intuir con sosiego una evidencia, un pulso. Sólo tiene que entrar. Tiene que romper. Tiene que parir. No le enseñen a parir.

Prefiere la inseguridad al inconformismo. El aliento de una mirada que la desea. El sabor del agua mezclada con barro (de esa noche, de esa calle). Una gota roja que viene desde donde se ha cosido la carne. Ella querría preferir el caos, la catarsis de la soga, el rasgueo de un lápiz hasta la envergadura de una auténtica destrucción, sin embargo se atreve, no lee de memoria, comprende la ficción de lo dicho, saca el habla, no sabe quien suena desde dentro, camina por el terreno limpio y cuadriculado hasta la convulsión, reconoce en el cuerpo del muerto aquello padecible, transable para el recuerdo, pero no soporta no saber registrar, tal como fue, el paso desde una aparente resignación (por no saber, por no ser capaz) a una inseguridad de escoger (por tener que elegir, por designar).

Está puesta como llaga que corta la línea, y ni siquiera hunde, pero a poco calcina. Torcida, huraña, puesta allí por años, un cuadro de consonantes dispares, disímiles en su ritmo, incómoda de permanecer, como diente entre cuchillos –las encías sangrando-, puesta sólo con sus rasgos, sin ámbitos delineados, solamente abatida y convertida toda en nervio, toda en cuello, tendón, parálisis, complexión del trazo ajeno porque no es su mano, porque parece que fueran sus dedos, pero sabe que le están dictando desde dentro.

La imagen de la que habla, de la que ha dicho demasiado y por lo tanto, de la que ha invadido, ha vuelto a encajar en su cuerpo, la ha vuelto a encarcelar. Aunque se atrevió, aún hay un gesto que le delata el silencio, aunque mueva la boca y diga eso, y simule responder y aportar los datos necesarios e ineficaces, sabe que la plática es una mutilación, que las referencias son todas prestadas, que no se puede narrar de verdad ninguna noche, que las palabras se le secan saliendo por los labios, apegándoseles ahí, en las comisuras, como costras; porque hay imágenes que la someten y engañan y no puede ahondarlas, aún si tuviesen el brillo de ciertas horas que prefiere o la dulzura informe de un epíteto escogido. Pero ella dice, ha dicho, que el acto aprendido la subraya, que no sabía, como toda dueña, que estaba escrita entera, que a tientas buscaba en su cuerpo, como en el espejo, el alfabeto de sus muertes, de sus inusitados compases, de sus complejas intenciones, de una infancia senil. Sabe que, asimismo, ansía el despojamiento de una vena fría, un desamparo a los nueve, la cruda apariencia de una duda, las noches asustadas en la materia insomne de sus pasajes. Es eso de no creer más nada, de no amoldarse y desobedecer las estructuras con que la visten, es la docilidad de un beso instintivo, la elección de un temperamento escindido, de un carácter anómalo, inválido, fragmentado.

Entonces cayó, cayó esa imagen, venerada hasta la convulsión, exhibida, estrenada hasta lo absurdo, así como las entrañas suelen posarse en una vitrina mohosa que agolpa la sangre. Es imposible que se escriba tal como se vio, aún es improbable que se la deje de ver, porque está y permanece allí: la estafa, la carencia, ranura de párpados y boca descompaginada, grietas en la sonrisa que ya no ríe, el surco que deja una silenciada cuando se le escarba o factura la muerte.

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