16 agosto 2010

Tatuaje, por Daniel Hidalgo.


O CÓMO ENTIENDO LA LITERATURA DE MUJERES A PARTIR DE EL MARGEN DEL CUERPO DE FLORENCIA SMITHS

Por esas ideas extrañas que a veces acuden a mi cabeza, tomé durante el año pasado en el Magíster en Literatura que cursaba en la Universidad de Chile (hablando de ideas extrañas), un ramo que era para el Magíster de Estudios de Género. Debo reconocer que, más allá de que algunas clases iban a estar dictadas por Nelly Richard, en realidad me gustó más la idea de tener muchas compañeras y así no aburrirme y sucumbir tanto en los nodos teóricos que escupen en las clases de este tipo de carreras. Primer punto a tener en cuenta: al menos en eso, le achunté. Resultó que me divertí increíblemente en las clases, algunas compañeras eran muy guapas, otras muy tiernas, y llegué a ser una especie de mascota confesora dentro de la clase, un extraterrestre adorable al que jamás le fue negado contacto alguno, a pesar de no lograr salir con ninguna de ellas. Comprobé, además –porque lo intuí siempre–, la existencia de una categoría de nueva chica militante del discurso femenino, dueña de una retórica –a diferencia de las estudiantes de literatura en donde el coa académico anula y ridiculiza cualquier matiz político– combativa, un híbrido entre callejero y político-teórico, pero terriblemente encantadora a la vez.
Otro punto: Mis antiguos profesores universitarios en Valparaíso, aquellos que enseñaron los códigos de teoría literaria y estética a los profesores que hoy no enseñan algo ni remotamente parecido a sus alumnos en colegios y liceos (sí, estudié pedagogía en castellano), pertenecían a esa escuela teórica ochentera que descubrió la literatura de mujeres desde la academia como último caballito de batalla posible en un contexto de vacío, silenciamiento, y agotamiento de las escuelas anteriores. Recuerdo a una profesora prohibiéndonos usar la expresión “poetisa” durante una disertación, porque de aquí en adelante “la poeta” sería la forma de equiparar el tortuoso trabajo femenino de escritura con el horrendo masculino.
Esas son las divagaciones previas que se me aparecen como fantasmas de medianoche, al momento de enfrentarme a la primera publicación de la poeta de San Antonio, Florencia Smiths (1976), la cual recibe el nombre de El margen del cuerpo (Editorial Fuga, 2008), detalle nada de azaroso, su título, tomando en cuenta que a lo largo de sus textos, poemas en prosa y en verso, de menor y larga extensión, será centro la idea del cuerpo femenino como soporte de textos ligados a la tradición de escritura de género, a la manera de tatuajes que se estampan sobre la superficie de su propia figura.
“De pronto se encontró con las palabras” será la línea que abrirá el texto, evidenciando cierto método de producción que la autora sostendrá como ars poetique a lo largo del libro. Una estrategia, por lo demás, borgiana, en donde Smiths se alimenta de sus lecturas para articularlas entre ellas y exponerlas, posteriormente. Nótese, desde ya, la marca de género implícita en este libro como eco del acto de escritura de mujeres en general: la biblioteca occidental, aquella con la que el viejo Borges pretendía crear un mundo propio y nicho evasivo, pero que además materializó como un ejercicio constante de conformación de un listado canónigo de textos que terminarían construyendo nuestro imaginario común y occidental, es concebido como un espacio –el de la casa, de la ciudad, de la sociedad– profundamente masculino, al que la niña hablante de estos relatos, entra por casualidad, infiltrándose, topándose con ellos, los libros, y sorprendiéndose con esas primeras lecturas. Ese encontrarse con la palabra es siempre encontrarse “ella”, larvaria, silenciosa y lectora, con la palabra de un “otro”.
A propósito del tema, recuerdo una de las conversas más melancólicas y alucinadas que tuve con una amiga, en la cual se quejaba de la idea que ciertos productores textuales tenían de “la musa” y de su búsqueda desenfrenada y obsesiva. Pensé que bromeaba y le consulté sobre si en la academia, en los talleres literarios, e incluso en las juntas de pubs para poetas, aún alguien creía en la patética idea de una musa –bajo esa concepción homérica de súper-chicas inspiradoras de música, poesía y deseo, escapadas de un olimpo pequeñoburgués–. Tras su afirmación, me dijo que para los poetas, la musa lo era todo, y era el peor karma que podía caer sobre la mujer, una injusticia machista de proporciones cósmicas. A pesar de que sólo asentí, en realidad, siempre pensé lo contrario: recurriendo al campo histórico-biográfico, las Laura, las Elisa, las Matilde, no eran más que el boceto insoportable en el que los poetas de la historia terminaron evidenciando sus patéticas patologías. Nada peor que se te cruce una musa en tu camino. Es por esto que rara vez, creo en el padecimiento amatorio de los versos de la Ibarbourou o la Storni, porque si hay algo que sabe hacer bien una mujer de letras, es destrozar un corazón deseoso y volver medio loco a quien se le ocurra enamorarse de ella.
Volviendo a lo de Florencia y su idea de lo metatextual, observaremos en El margen del cuerpo, a modo de citas y de estilo, así como de diálogo también, los distintos referentes a los que la poeta sanantonina busca rendir homenaje y encontrar afiliación: una tradición femenina principalmente del siglo pasado, aquellas lecturas tempranas de esta incipiente lectora que es la voz de estos textos, en la que sobresalen los nombres de Alfonsina Storni, Delmira Agustini, Juana de Ibarbourou, Marguerite Duras y Gabriela Mistral, principalmente. Un canon-otro del cual se vale para reinstalar, como sus precursoras, el tema de lo femenino desde una perspectiva doméstica, dolorosa y erótica, a través de poemas que van desde la apropiación de la lengua –masculina–, mediante la resistencia, como en el siguiente caso:
“ella no quiere volverse
un sinónimo más
de este cuaderno de poemas”
O mediante el intento práctico, como en este otro:
“cómo será (…) un aprender a escribir siempre por vez primera”
Así también, las páginas de este libro estarán marcadas por constantes guiños, sutiles, al autoflagelo, que simbolizan, por una parte, la imposibilidad de abordar el lenguaje; y por otra, la de establecerse como sujeto autónomo femenino. Cito:
“sujetada a esta vida por las muñecas
la corta el silencio
se derrama lenta”
Se evidencia en este punto que aquel margen del cuerpo es, también, su cicatriz, el tatuaje que jamás desaparece. La idea de renuncia al cuerpo por medio de la intervención y la destrucción de ese todo idealizado y perfecto.
Es quizá ésta, una de las razones por la cual Florencia Smiths se aleja de sus pares contemporáneos en poesía. Por responder a una tradición alterna, que realiza un salto de unos cuarenta años en cuanto a la producción de literatura de mujeres, y que le permite una dinámica de trabajo en la que simula aquel momento histórico que libró las primeras batallas en cuanto a la corporalidad del texto y a las inquietudes de la mujer contemporánea y su repensar como ser humano, crítico, pensante y dialogante. Smiths escribe desde ese margen, ese borde, el de la sexualidad de la escritura, pero a la vez de aquel espacio territorial alejado de la performance vaginocéntrica capitalina, para abordar el tema del lenguaje y la mujer desde la provincia, esa casona abandonada y húmeda, estancada en el tiempo y en cuyo living descansa una biblioteca anómala de un lenguaje propio y ajeno a los códigos de la vida moderna.

Daniel Hidalgo
Revista literaria virtual

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